sábado 3 de mayo de 2008

Disco: Doce segundos de oscuridad (2006)


Solista: Jorge Drexler (Uruguay)

La primera noticia que tuve de Jorge Drexler fue que había ganado un Oscar por la composición de una pieza para una película sobre el Che Guevara. “¡Qué estupidez!”, exclamé. “La revolución cubana es un fiasco, y aún se componen canciones para ese barbudo venido a menos”. Y luego, seguro que el artista uruguayo no era más que un bluff creado por los medios, me encerré en mi habitación para escuchar discos y olvidarme de la existencia de Drexler. Pero, como diría Rubén Blades, “la vida te da sorpresas”, porque, años después, me encontraba en la casa de mi amiga Ivette, y ella me hizo escuchar una versión delicada y laboriosa de High and Dry de Radio Head. “¿Quién es ese cantante?”, le pregunté, admirado. “Es Jorge Drexler”, me respondió, y, de inmediato, le pedí prestado su cd y me marché corriendo a mi casa: la curiosidad me mataba, pero, sobre todo, me daba vergüenza el juicio de valor que elaboré sobre un artista antes de escucharlo con detenimiento. “Los prejuicios, carajo”, me dije. “A veces nos impiden encontrar lo bello”.

Y así llegué a Doce segundos de oscuridad. Un disco en verdad valioso, con canciones construidas con una pericia admirable, y una voz ligeramente áspera, pero a ratos diáfana como un cristal pulido. Sin exagerar, es una de las mejores producciones que se han hecho en Latinoamérica en lo que va de la década del 2000. Sólo basta detenerse en las melodías sugestivas y complicadas, y en la lírica destacable y, por momentos, bellísima, para caer en la cuenta que mis calificativos no mienten ni caen en la simplicidad del fan. Estoy seguro que, a cualquiera que disfruta de la buena música, se conmoverá de placer cuando tenga en los oídos Doce Segundos de oscuridad.

El mencionado disco gusta desde el principio. La canción que le da título, si bien no impresiona por su estética musical, empuja a la reflexión por su lírica sencilla, pero, a la vez, compleja como el día a día del hombre. Dice la voz, refiriéndose a un faro que se ubica en la costa: “No es la luz lo que importa en verdad / son los doce segundos de oscuridad”. En La vida es más compleja de lo que parece, unas guitarras acústicas dan un fondo relajado y entusiasta, que permite los devaneos existenciales de la voz. Ésta dice: “El velo semi transparente del desasosiego / un día se vino a instalar entre el mundo y mis ojos / yo estaba empeñado en no ver lo que vi / pero a veces / la vida es más compleja de lo que parece”. Las ideas sobre las complicaciones del vivir prosiguen más adelante. A éstas, se suman las dificultades del deseo. En El otro engranaje, sobre una caja de sonido programado, Drexler canta: “El deseo sigue un curso paralelo / y la historia es una red y no una vía… la fidelidad / brumosa palabra / con sus incierta lista de gestos prohibidos / muerde siempre menos de lo que ladra”. Con una musicalización más compleja, en Hermana duda, Jorge Drexler continúa en su enumeración de los cuestionamientos del hombre contemporáneo. Es más, la incertidumbre se torna en el tema central: “No tengo a quien rezarle pidiendo luz / ando tanteando el espacio a ciegas / no me malinterpreten / no estoy quejándome / soy jardinero de mis dilemas”. Por supuesto, el amor no se queda atrás, y aparece, pero con un tono de ironía. Quizás porque esa sea la manera más adecuada de tocar sin solemnidad el tema del afecto. Así, en Inoportuna, dice la voz: “Tu por ejemplo / tan a tiempo / y tan inoportuna”. Con unas ligeras guitarras punteando acordes apretados, en Soledad, un hombre solitario, que acepta su situación con valentía, dialoga con la mismísima soledad y concluye con ella: “Ya pasó / ya he dejado que se empañe / la ilusión / de que vivir es indoloro”. El dolor y la vida, conceptos que, a veces, no pueden ir separados.

Pero no todo es luz en el día, pues también hay una que otra sombra que empaña el paisaje. A mi parecer, las canciones Disneylandia y La infidelidad en la era informática no encajan en el disco. Con unas mezclas electrónicas, y unas letras de cierto rebusque intelectual, dichas piezas decepcionan por su disfuerzo y por su carencia de estilo y armonía. Son, finalmente, dos puntos en contra de Doce segundos de sombra.

Y bueno, sólo me resta agradecer a mi amiga Ivette, que me regaló un disco excelente (¿porque me has regalado el disco, verdad Ivette? De todos modos, hazte a la idea que me lo obsequiaste, pues pienso devolvértelo cuando en Lima llueva a cántaros; o sea, nunca). Por otra parte, hay una lección que rescatar de mi manera de conocer a Drexler, a quien lo despreciaba por meros prejuicios. La enseñanza es la siguiente: en el mundo de los discos, hay que escuchar primero antes de opinar.
Julio Meza

lunes 21 de abril de 2008

Disco: El Entierro De Los Manganzoides (2006)

Grupo: Manganzoides (Perú)

Les seré sincera como la buena mujer que soy. A mí me sucede algo raro cada vez que escucho a los Manganzoides: me dan unas ganas desesperadas de limpiarme los oídos de semejante estiércol musical. Pero no lo hago con hisopos como corresponde a toda persona que se asuma aseada, sino más bien atendiendo a las finas cuerdas de los Conciertos de Brandenburgo de Johan Sebastián Bach o alucinando formas transgresoras teniendo de fondo musical el Kind of Blue de Miles Davis.

Ya se lo que me vas a decir tú, lector afanoso que revisa mi crítica: que soy una intolerante, que no entiendo de buen rock, y que por último soy una pedante que no tiene derecho a hablar de semejante manera. Pero tengo mis razones para disparar en el centro del corazón al dichoso grupo de marras, y pasaré a explicarlas.

Primero, los Manganzoides son peores músicos que los Mar de Copas. Basta oír el primer disco para saber de qué se trata su estética, de dónde procede su arraiga tradición musical y de qué forma evolucionarán o, en su caso, se quedarán detenidos en un limbo sonoro reiterativo y sin novedades.

Segundo, le he prestado atención a su último disco, El Entierro De Los Manganzoides. En un principio pensé que era por fin la despedida de esta banda del panorama rockero de nuestro país. Pero me equivoqué. Con el sonido de siempre, los Manganzoides presentan catorce tracks con la misma calidad a la que nos tienen acostumbrados: miasma sobre miasma.

Pero un momento. Que quede en claro que yo no insulto por el mero gusto de hacerlo. Analicemos la lírica de Gina: “Gina/Vuelve a la esquina/No me importa pagar por tu amor”. Estos muchachos han pasado por aulas universitarias. De modo que no pueden justificar sus palabras afirmando que la sociedad y la ignorancia los empujaron a sostener semejante parlamento. Los Manganzoides no solo procuran una estética agresiva y sucia, sino que incluyen un discurso misógino en el cual rebajan a la mujer a un estado de cosa y celebran este vil acto con coros enfermos y trogloditas. Veamos otro detalle en Caníbales: “A la carne de mi novia/Yo le puse mucha sal/Cuando llega el hambre/Disfrutas lo impensable”. ¿Es o no lo que has leído algo propio de marranos? Pues efectivamente lo es. Te sugiero algo, distinguido lector, el que seguramente pertenece al género masculino: ¿Por qué no escuchas estas canciones con tu novia o tu hermana? Te apuesto que te ganarías una cachetada o, en el lenguaje de los Manganzoides, una patada en los huevos.

Tercero, como lo he dicho desde el principio, Los Manganzoides es un grupo de rock con un techo establecido. ¿A qué me refiero? A que están destinados a repetirse. Si alguna vez llegasen a ir por otras sendas musicales, perderían a sus cuantiosos seguidores, dejarían de ser la banda de garage surf que conocemos y, probablemente, se extinguirían hasta desaparecer como una sucia voluta de humo. Este grupete está condenado a presentarnos álbumes que perpetúan un mismo sonido. Y, a diferencia de los artistas con talento, no variarán esta lógica hasta lograr agotar a sus oyentes o a sus propios miembros, quienes de seguro se marcharán a experimentar en otros proyectos musicales.

Por último, quiero dejar en claro algo: Manganzoides proviene del término manganzón, que significa ser una persona de humanidad adulta, pero con cerebro de infante. Los Manganzoides son coherentes con su nombre. Son un puñado de hombrotes que hacen música estúpida y para estúpidos. Es la palabra de una mujer. He dicho.

Karla K.

Presentación Oficial De Nueva Crítica

Yo, Julio Meza, administrador del presente blog, presento en sociedad a la nueva miembro que integrará nuestro pequeño grupo de comentaristas. Su nombre, que linda con el pseudónimo, es Karla K. “No quiero poner mis datos completos”, me explicó, “porque luego me van a molestar en la universidad”. Y yo, respetando la decisión de ella, y sobre todo entendiendo sus razones, me limitaré a pedirle que firme con su breve seña. Sin embargo, estoy seguro que usted, querido lector / oyente, desea saber algo más de Karla K. Pues, sobre esta damisela, debo decir que vive en el acomodado barrio de San Borja, en la capital del país. Además, con sus breves veintitantos años, estudia en la Católica, en la facultad de sociales. Uno de sus pasatiempos favoritos, luego de reventarse los oídos con todos los discos que le caen en las manos, es leer y releer El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir. Ha tenido amores pasajeros (jóvenes que se han encandilado con su rostro de ternura irreverente), pero, según me comentó hace poco, no ha conocido el amor. “¿Acaso existe?”, alguna vez me preguntó. “Bueno, yo lo he sufrido”, le respondí. Y ella me señaló que le parece imposible fastidiarse la existencia por alguien tan vano como un hombre. “Cuestión de pareceres”, le señalé. “Pues más de una mujer se ha importunado por mí”. En fin, ella es, en pocas palabras, el más reciente miembro de mi staff de críticos.

El Gaucho Inefable y yo, entonces, le damos la bienvenida a Karla K.


martes 15 de abril de 2008

Disco: Verano Fatal (2007)

Dúo: Nacho Vegas y Chritina Rosenvinge (España)

Para comprender este disco basta con analizar su portada. Christina Rosenvinge luce gesto de desdén, que cuadra de forma adecuada con el estereotipo de de la femme fatal que desea pero que no demuestra su goce. Nacho Vegas, con su rostro anguloso, pone al descubierto su papel activo, pues, con su ligera postura que tiende hacia la caída, es el que sostiene la unión de los cigarros, los que, por cierto, se vinculan en un detalle importante: el fuego. Es un micro incendio, una candela mínima, la que mantiene el contacto de estos artistas. No hace falta el encuentro de las miradas (por este motivo, tienen los ojos cubiertos con enormes lentes negros), ya que la ligazón es mucho más intensa. Esta se da por el elemento que consume y redime, que a veces explota pero funde: la llama rojiza, propia del infierno satánico y de la totalidad de Dios en el antiguo testamento.

“¡Tirada de los pelos!”, puede gritarme usted, querido lector / oyente, sobre mi interpretación. Pero yo sacaré a mi favor el mencionado disco y lo pondré a girar: mis argumentos, entonces, serán los sonidos armónicos de este agradable álbum.

Ahora bien, de las siete canciones que componen Verano Fatal, me parece que hay dos que destacan sobre las demás: la que da título al disco y Me he perdido. La primera, Verano Fatal, es en la que mejor se aprecia el diálogo de las voces. Teniendo como fondo un muro acerado de guitarras eléctricas, Christina Rosenvinge suelta: “hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar”. Más adelante, Nacho Vegas dice: “para ser un buen cantante tienes que desafinar”. Con frases de tono asertivo, la canción avanza en una estructura semejante al movimiento del péndulo, es decir, va de un lado a otro: en un momento pareciera retener cierta fuerza explosiva y, en otro, revienta hasta una plenitud grisácea y melancólica. En Me he perdido, con punteos delicados de cuerdas, y una voz seca y afilada como una navaja, se narra el encuentro metafórico de un hombre con una mujer sombría. La voz dice, describiendo a su manera el espíritu destrozado de la fémina: “Miré hacia el suelo y me santigüé / te encontré entre los escombros / y aún quedaba un muro en pie / te vi apoyada en él y creo que / lo hacías para no perder la fe”.

“¿Pero es bueno o malo este disco?”, me preguntará con razón el lector / oyente. Pues seré claro en este punto: si bien la junta entre Nacho Vegas y Christina Rosenvinge ha sacado chispas y, es más, ha originado un ardor que no sólo enciende cigarros, sino también los ánimos de los oyentes, el disco en mención convence cuando llega a su clímax, como en Me he perdido o en Verano Fatal, pero en otros temas, como en Ayer te vi, por ejemplo, la simpleza musical y las voces que se arrastran corroen los buenos cimientos del proyecto musical del dúo español.

Así, llego a la conclusión que sólo lo que es candela en el mundo de la música pervive y sobresale, pues, parafraseando la legendaria frase de Mario Vargas Llosa, afirmo que “la música es fuego”.
Julio Meza

martes 8 de abril de 2008

Disco: Aznar - Lebón / Lebón Aznar (2007)


Dueto: Pedro Aznar y David Lebón (Argentina)

Che, algunas personas de por mi barrio, que está en Breña, ese distrito tan abatido, pero a la vez tan alegre (por sus minas, sus pibes, y las farras que ambos organizan), leyeron mis críticas y me dijeron, muy serios, que lo único que hago es reventar cohetes a mis paisanos; “pero, che, yo también señalo lo equivocado”, les respondí; y ellos me soltaron un tremendo “¡bah!” en coro, que me hizo pensar, por un momento, que tenían razón, como un juez helado y su inapelable sentencia; sin embargo, ahora estoy seguro que están equivocados, pues, si algo no he tirado nunca al bote de basura al momento de escribir, es mi punto de vista neutral y objetivo, limpio de toda ambigüedad teñida de nacionalismo o amor patriotero y servil; pues yo, mi bien ponderado lector / oyente, soy un guía de conciencias y gustos y, por ello mismo, no puedo subyugar mis palabras a mi amor por el suelo que me vio nacer.

No obstante, debo poner en claro algo: nunca he escuchado música de pésima calidad hecha por un argentino (mis compatriotas son tan talentosos que, en vez de argentinos, se les debe llamar genios); pero quién sí ha tenido esa oportunidad, que me insulte mentalmente (pues no hay ningún otro medio de comunicarnos), y me pase la voz, para comprobar que por fin un compatriota mío es víctima del error, cosa que, hasta este instante, no ha acontecido jamás, porque, si hay algo que fluye por nuestras venas además de la sangre, es talento artístico: desde Gardel hasta Spinetta, hemos sido, somos y seremos sagaces en el manejo de la plástica musical; pues, como es evidente, el argentino es cantante, músico y poeta; es decir, es argentino y punto.

Una muestra de mis afirmaciones es este estupendo disco doble trazado a cuatro manos por Pedro Aznar y David Lebón, la mitad de aquel estupendo grupo llamado Serú Giran, de mi natal argentina; el trabajo mencionado es un extracto de las presentaciones que la dupla de cantantes dio en el teatro Nd Ateneo de Buenos Aires; sin duda alguna, el público que estuvo presente deliró con las canciones que entonaron, con un talento de tono entrañable, tanto Aznar como Lebón; prueba de eso son las palmas y gritos que se encuentran entre track y track, y que no representan más que la euforia de contemplar la destreza artística en su más armoniosa evolución. Un detalle que deseo añadir: incluso en las muestras efusivas de público se nota nuestra originalidad; porque basta recordar que nosotros inventamos el “ooo, oooo; ooo, oooo” y el “¡no se va! ¡no se va!”, que también se escuchan en esta excelente producción.

¿Resaltan algunas piezas? Pues me parece que sí; por ejemplo, Sólo Dios sabe, canción en principio grabada por los Beach Boys con el título de God only knows; la versión realizada por Aznar y Lebón no es superior a la original, pero tampoco inferior; che, es, a mi parecer, del mismo nivel; algo que quiero resaltar de Sólo Dios sabe es el manejo de voces de ambos artistas: siendo corto en la adjetivación, dicha técnica puede calificarse como sumamente pulida, pues, nosotros, los argentinos, hemos demostrado ya en varios discos que, recursos estético - musicales es lo que nos sobra; ¡Che, viva mi argentina! ; otra pieza que destaca como las rosas frente a las demás flores es Amor de juventud; con un bajo que acompaña dulcemente a la voz, la canción se va construyendo en una progresión delicada, hasta llegar a la versatilidad que da el conjunto de todos los instrumentos; dice la voz: “Amor de juventud / sus brazos por primera vez / amor de juventud / un beso y es el infinito / amor de juventud”; y el público se conmueve rozando el éxtasis, y yo recuerdo mis amores de juventud, allá en mi Buenos Aires querido, con rock nacional y bandera celeste y blanca; con tinte político, un track interesante es Mano dura; imprimiendo una atmósfera siniestra y tensa gracias a la batería sincopada y las cuerdas que avanzan al ritmo de caballos marchantes, dicha canción dispara: “Hey, mano dura / tanto hablar de la maldad / hey, mano dura / puño y fuego no traen paz”; palabras estas que me hacen recordar a los parientes que perdí durante la dictadura militar: ese hijo de puta de Videla no parecía argentino, sino el mismísimo demonio; y, para cerrar con la cereza sobre el delicioso helado, se escucha en el último track del último disco una pieza para los nostálgicos: Seminare, de Serú Girán; por supuesto, comentar esta canción está de más.

¿Y qué resultado dan las sumas y las restas? Pues uno solo: únicamente hay sumas; pues, tomando el estilo consejero de Julio Meza para cerrar sus comentarios, quiero dar una frase de cierre: en el arte, como en el mundo del vino y de los argentinos, los néctares maduros dan siempre un buen producto.
El Gaucho Inefable

domingo 30 de marzo de 2008

Disco: A talonear! (2007)

Grupo: El Tri (México)

Lo que voy a decir es casi un pecado para mi grupo de amigos adictos a la buena música: me encanta El Tri. Lo sé: es un grupo demasiado comercial, en términos artísticos sus composiciones son pobres, la voz es inaguantable como la fricción de dos hierros oxidados, y su actitud rockera es tan anacrónica que incluso sus ingenuos ropajes generan ternura más que excitación. Pero hay algo que debo agregar a favor de esta banda mexicana: Alex Lora y compañía, con sus virtudes y defectos, han trazado algunas canciones muy efectivas, que aún se siguen coreando en fiestas y conciertos. Y, como si lo anterior fuera poco, han logrado algunos imposibles para muchos rockeros: ser escuchados, admirados y, sobre todo, queridos.

Con casi tres décadas en la brega, El Tri ha publicado A talonear, su más reciente disco, que es un conjunto de diez canciones que, para los fanáticos, será melodía deleitosa en sus oídos y, para los críticos ortodoxos, será más de lo mismo. ¿Mi postura? Pues me coloco en un punto intermedio. Es cierto, lo expuesto en esta producción es semejante a lo que, en el pasado más reciente, ha sido el estilo guerrero del Tri. Pero eso no significa que sus actuales composiciones sean malas. Pues, como cualquiera con buen gusto diría, los tracks de A talonear tienen un brillo propio y rotundo.

El disco comienza con A talonear, que abre con un puñado de gritos y sonidos guturales que dan una buena pista de lo que serán los minutos siguientes: rock and roll del más fuerte y puro. Las guitarras, estridentes y distorsionadas; la batería, enérgica y cómplice; la voz, acerada y ronca; todos los componentes suman para dar cabida a un tema poderoso como el estallido de un misil. La letra dice: “Hoy es uno de esos días / en que no tengo ganas de hacer nada / quisiera quedarme acostado / tocando la guitarra / pero tengo muchas deudas / y muchas preocupaciones / así que más me vale ponerme ya a talonear”. ¿El tocar música como puerta de escape de una realidad cruda? Al parecer, sí. “El talonear” o hacer rock, para esta canción, es la única manera de producir ingresos materiales. O, como dice un amigo idealista que recién empieza en el mundo de la composición, “se vive del rock o se muere por él”. Con la misma potencia, en Nunca es tarde, Alex Lora canta: “Vamos vagando sin rumbo / como animas en pena… nuestra visión es borrosa… señor danos la serenidad / para aceptar las cosas que no podemos cambiar / valor para cambiar las que podemos”. La presencia de Dios en las canciones de El Tri es continua. En sus discos previos, ya había presentado piezas con referencias a íconos de la cultura religiosa mexicana (la Virgen de Guadalupe, etcétera). Alex Lora es un compositor creyente que expone en sus trabajos sus necesidades y cuestionamientos de fe. Con una música más liviana, cercana a una suerte de balada dark, en Mañana, la voz de Alex Lora canta: “No te creas todas tus mentiras / no inventes mas pretextos / si tu quieres la puedes hacer / ahorita es el momento / en el que hay que echarle ganas”. En esta pieza, la lírica casi roza con el discurso de autoayuda, situación que, si bien para algunos es positiva, a mí me parece una concesión para las masas. Esto mismo se repite en Tenemos que hacer el amor, en el cual destaca un coro en verdad vergonzoso, que, sin ningún objeto estético, repite hasta el cansancio el mismo estribillo. El disco cierra con, quizás, la mejor canción: Qué padre es soñar. Ésta es una pieza melancólica con un discurso político optimista y hasta tal vez ingenuo, pero de una conmovedora melodía. Dice la voz: “Prefiero seguir soñando / que aceptar la realidad”. Excelente, sin duda.

¿Y es un buen disco esta última entrega de El Tri? Pues no será de lo mejor del rock mexicano, pero es destacable y, sobre todo, da luces sobre lo que es una vida de coherencia (es decir, la vida de El Tri) ligada al arte y, sobre todo, al rock and roll.

Julio Meza

sábado 8 de marzo de 2008

Disco: Eternamiente (2007)


Grupo: Molotov (México)

Molotov es un grupo mexicano que siempre me ha olido a contradicción. Mientras a finales de los 90 asaltaban las radios de Latinoamérica con hits que contenían letras contestarias (que hablaban contra el tan mentado “sistema”), cumplían con todas las leyes del status quo del libre mercado, apareciendo como estrellas de MTV, vendiendo sus producciones al precio que su disquera dictaba, y presentándose en conciertos de costoso ingreso. ¿No hubiera sido mejor ser lógico?, me pregunto. ¿Para qué vender una imagen a miles y miles de adolescentes cuando, apenas se les da la espalda o en la más fragante exhibición, se actúa de manera inversa a los principios flameados? Pues por un único motivo: el dinero. De alguna forma ellos fueron consecuentes con su canción “give me the power”, pues pidieron a gritos el poder y lo obtuvieron.

Bueno, pero aquí no voy a hablar de las disonancias éticas o dogmáticas de los Molotov, que, por cierto, saltan a la vista como el sol en la mañana. Más bien, intentaré dar algunas palabras sobre ese desastre musical que es su último disco: Eternamiente.

Con sus ya clásicas guitarras estridentes, y sus coros pseudo new metal, presentan dieciocho traks que me han convencido que, es cierto, lo peor no es errar, sino perseverar en el error. Pues esa es la lógica de este disco: un desastre tras otro, mediocridad tras mediocridad, facilismo tras facilismo.

Vayamos a los detalles.

Escarbando entre la bazofia musical que es Eternamiente, encontramos las mentadas distorsiones eléctricas de guitarras aburridas, un bajo agresivo pero remolón y una batería de lo más mecánica. ¿Y las líricas? Pues hay botones interesante para el especialista en el género de lo extraño. Aquí algunos ejemplos cogidos al azar. En la primera canción se oyen los siguientes desvaríos: “No deje que la exprima lo reprima”… “No deje que le roben le joroben”. Cualquiera podría decir: pero, Julio, has sacado de su contexto esos versos y por eso suenan tan incoherentes. Pero no es así, querido lector / oyente, aún en la misma canción, estos dichosos versos son tan freaks que salen de su dimensión de rareza y terminan en el submundo de lo estúpido. Otro detalle o, más bien, una tremendo evidencia. Aquí está un párrafo completo de una canción, como para que no digan que arranco los versos de su hábitat lingüístico. Ahí va: “Pensé que la iba librar / De cómo estuvo ayer / No lo vuelvo a hacer / No soy el mismo de antier / No tengo cruda moral / Porque no desvarié / La libre pero sé que pronto / sé que pronto perderé”. ¿Qué demonios significa todo eso? Se supone que hay una voz poética que quiso salvar a alguien de algo que ocurrió ayer. Pero luego, habla de… ¡Pero qué demonios! ¡Estoy analizando unas líricas de Molotov! ¡Prefiero escuchar la bocina del heladero que viene a ofrecer sus productos! ¡Esa bocina es mucho más inteligente!

Sólo unas reflexiones para el cierre. La música, como el arte en general, no se logra con simple inspiración. El arte es producto de trabajo, de sudor, de concentración y hasta de lágrimas. El arte no se obtiene con facilismos o como resultado de una noche de borrachera. El arte, mi querido lector / escucha, es una obra mágica que sólo la construye el que se entrega por completo y el que ordena de tal modo su interior que puede dar forma a sus sentimientos o a los sentimientos y pensares de una colectividad. El arte no es una simple estupidez, ni ahora ni eternamiente.

Julio Meza